En Buenos Aires, la problemática de la violencia en las escuelas se ha agudizado, llevando a una situación extrema donde alumnos deben usar bolsas transparentes en lugar de mochilas para facilitar la revisión de sus pertenencias. Este contexto resalta un patrón generalizado en el país: una tendencia a atender las emergencias de manera deficiente mientras se ignoran las causas subyacentes. Este fenómeno no es nuevo; desde la caza de narcotraficantes en villas sin abordar el control de aviones y barcos que ingresan drogas al país, hasta las tentativas de erradicar el hambre limitándose a pequeñas iniciativas como ollas populares organizadas por grupos sociales, Argentina parece atrapada en una espiral de soluciones superficiales.
La reciente ola de amenazas de tiroteos en escuelas porteñas ha expuesto nuevamente esta deficiencia estructural en la respuesta gubernamental, con el foco centrado esta vez en el sistema educativo. “Ante las amenazas de tiroteos dentro de las escuelas, la única respuesta es meter policías en los colegios,” denuncian los estudiantes. La administración de Jorge Macri ha sido criticada por la escasa intervención frente a estos peligros y por su falta de atención a los problemas de salud mental de los estudiantes.
Hace tan sólo dos semanas, el jefe de gobierno de la Ciudad convocó una conferencia de prensa para abordar el tema de la ‘seguridad escolar’. Acompañado de su gabinete, presentó un protocolo que, según él, abordaría la violencia escolar mediante un enfoque conjunto entre autoridades escolares, fuerzas de seguridad y el Ministerio de Salud a cargo de Fernán Quirós. Sin embargo, la reacción fue considerada insuficiente e incluso rememoró la cuestionada gestión de Quirós durante la pandemia de COVID-19.
La conferencia de prensa en la sede del gobierno de la ciudad puso el foco en el rol de las familias, un enfoque que ha sido criticado ampliamente. “Siempre son las familias, las responsables para el macrismo en la ciudad,” se lamentan los críticos. En un contexto donde muchas familias luchan contra la precariedad económica y la pérdida de empleos, las expectativas sobre su rol activo en el manejo de las actitudes violentas de los adolescentes parecerían desproporcionadas.
Las manifestaciones estudiantiles han cobrado fuerza como respuesta a esta falta de acción efectiva. Estudiantes de Buenos Aires cortaron avenidas principales, como San Juan y Boedo, no sólo para visibilizar las amenazas, sino para denunciar un abandono sostenido en materia de salud mental. “Cuando empezaron a pasar todas estas situaciones, el gobierno de la Ciudad no dio respuesta, y la Ministra de Educación lo calificó como algo de TikTok,” expresó Emma Drutt, Secretaria General del Centro de Estudiantes de Lenguas.
La insatisfacción de los estudiantes y sus maestros con las respuestas oficiales va más allá de la seguridad personal. Exigen un mayor presupuesto para los Equipos de Orientación Escolar (EOE), los cuales juegan un rol esencial en la gestión de problemas de violencia, relaciones intrafamiliares y salud mental en el ámbito escolar. Estos equipos no sólo sostienen a los jóvenes en momentos de crisis, sino que también son responsables de activar protocolos que movilizan otras instancias estatales con capacidad de intervenir más allá de las soluciones de emergencia que, hasta ahora, han demostrado ser insuficientes.
Por su parte, el gobierno de la ciudad ha respondido con una postura que muchos consideran insensible al apuntar a una frágil responsabilidad familiar en un contexto de intensa desigualdad. Sin embargo, frente a la falta de inversión en salud mental y recursos educativos, el descontento crece, sobre todo entre aquellos quienes tienen estudiantes adolescentes lidiando con un mundo cada vez más incierto y peligroso.
La sociedad se pregunta cuál será el próximo paso para abordar una situación que parece pronto llegar a un punto de quiebre, con estudiantes y comunidades buscando urgentes respuestas y soluciones significativas frente a una amenaza constante en sus lugares de aprendizaje y crecimiento. “El gobierno está abandonándonos,” es el mensaje que los estudiantes llevan a las calles, esperando que su voz traspase el ruido cotidiano del descontento social generalizado y llegue a oídos de quienes puedan catalizar un cambio genuino.

